Fracasaré mejor: sobre La consagración de la maldita primavera de Eduardo Huchín Sosa, por Chritopher Domínguez Michael
Eficaz y discreto como acaso ningún otro en el oficio, Eduardo Huchín Sosa, además de ser el editor literario de Letras Libres, es un notable crítico musical.
Él mismo lo explica en su última recopilación, a saber, La consagración de la maldita primavera.
Ensayos sobre música y libros (UANL, 2025), donde nos pone en el mapa: nacido en Campeche (1979), le tocó ese tramo del fin del siglo XX cuando se popularizó el disco compacto, hacia 1992; se fueron los vinilos para volver décadas después, cuando los más viejos ya no tenemos tiempo (ni ganas, en mi caso) para regresar a ellos.
En el año 2000 no se acabó el mundo ni enloqueció la red, pero despertamos al nuevo siglo con el estruendo del 11 de septiembre de 2001.
En el ínterin, el adolescente ya melómano que era Huchín Sosa, además de participar como instrumentista en bandas de grunge, trash, black metal y fusión tropical, le tocaba imaginar música "en estado de gracia" pues a aquel puerto llegaban tarde, o de plano no llegaban nunca, los conciertos y las grabaciones, inexistente aún esa audio–videoteca universal que es YouTube.
Esa dedicación forzosa al arte de imaginar cómo sonaba lo inaudible, educó su oído e hizo de él un crítico musical todo terreno, dirían los españoles, a quien nada monódico, melódico, armónico, "ruidista" (lo llamaba Alfonso Reyes en el mismísimo París de Stravinski), contrapuntístico o silencioso, le es ajeno.
En ese caso, decidí no repetir el experimento realizado para reseñar el periodismo cultural de Mariana Enríquez ( El otro lado.
Retratos, fetichismos, confesiones , 2020) y ponerme a buscar, tras ella, durante los ocios de la pandemia y precisamente en YouTube, los grupos o solistas que reseñaba: vi, me divertí, oí y me aburrí también, pero al día siguiente lo había olvidado todo.
Mi lectura fue así, detestablemente aleatoria, como debe ser la del orden sapiencial: me interesó, por supuesto, la música bajo el dominio soviético, asiduo como soy de las biografías de Dmitri Shostakóvich.
Hasta en ese mundo del Terror sonó la música y poco antes del mediodía de la centuria hasta los verdugos eran melómanos o al menos estaban familiarizados con Franz Schubert, de lo contrario no existiría esa casi metáfora de la banalidad del Mal que fueron aquellos exterminadores, quienes tras dejar de operar las cámaras de gas, se refugiaban en sus hogares a disfrutar, dice el tópico, de la música.
Le faltó acaso, a Huchín Sosa, hacerle los honores –el caso de Olivier Messiaen y de otros músicos– a quienes en esos mismos mataderos ofrecieron el contrapunto y les asistió la bendición de formar orquestas o de componer piezas.
Algunos de ellos no salvaron sus vidas, pero ratificaron ante lo alto la complicidad entre la música, los dioses y los hombres.
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