Voces del más allá en una vieja conservera mantienen en vela a un vigilante de Isla Cristina
Antonio Domínguez lleva veintidós años de vigilante de seguridad.
Ha cuidado polígonos en Huelva, naves en Lepe y almacenes de fresa en Moguer.
Dice que nunca le ha temblado el pulso.
Hasta el invierno pasado.«Me pusieron en una obra de Isla Cristina, una fábrica de conservas antigua que están arreglando o relacionada con una de ellas.
Turno de noche, de diez a seis.
Una caseta, un termo de café y la radio.
A la tercera noche empecé a oír cantar».No se refiere a una voz, sino a varias.
De mujeres, «como cuando en un patio se juntan unas cuantas a cantar mientras trabajan».
Lo primero que pensó fue que llegaba de alguna casa cercana o de un bar.
Salió con la linterna, rodeó la nave y se asomó a la calle.
A esas horas, en enero, el barrio estaba en silencio.La fábrica, una de las muchas que dieron vida a la localidad durante el siglo pasado, lleva décadas cerrada .
Isla Cristina ha sido y sigue siendo durante mucho tiempo uno de los grandes centros de la industria conservera y salazonera del litoral onubense.
El atún, la sardina y la caballa sostenían una economía que daba trabajo a cientos de familias, y buena parte de esa mano de obra era femenina.
Mujeres que entraban muy jóvenes, a veces casi niñas, y pasaban años limpiando, cociendo y envasando pescado en jornadas que se alargaban cuando entraba buena captura.Cantes en la nave vacía y olor a salmueraDomínguez no conocía esa historia cuando empezó a oír las voces.
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