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Fernando Lobo: el barman costarricense que hace los cócteles más refrescantes de Lavapiés

El Mundo ·
Fernando Lobo: el barman costarricense que hace los cócteles más refrescantes de Lavapiés

"Sentía que necesitaba impresionar a los demás para seguir siendo relevante. Y no estamos salvando el mundo", dice el dueño de la coctelería Scracht

Aunque la tarde es sofocante nada impide que se pueblen las terrazas de Argumosa. En la acera de El Económico, unas mesitas alternan cervezas con copas de colores apetecibles. Es la pequeña gran victoria del joven barman Fernando Lobo (San José, Costa Rica), "rock and roll desde el 93", tras asentar en Lavapiés su bar de cócteles Scratch, tan chico como encantador.

Son cinco años de Lobo en Madrid, antes ejerció de trotamundos. Sus estudios en dirección de hotel le llevaron al Miramar de Barcelona o al Andaz de Londres. Cuando aterrizó en la City ya sentía afición por las mezclas. "También me gusta fumar puros", cuenta mientras saca las comandas. "Lo que ves inalcanzable de niño. Me decanté por la barra por el producto fresco y por hablar con el cliente".

Fue bartender de piscina, "blenders que no paran y piñas coladas", pero no le impresionó una barra exquisita. Le dieron las riendas y cada noche hacía 400 espresso martinis. La pandemia le llevó con su pareja a la Provenza para por fin llegar a Madrid, de donde es ella. "Ir de país en país puede ser agotador si no tienes red de seguridad", confiesa.

Al poco ya trabajaba en Dani Brasserie (Four Seasons) como ayudante de camarero. "Carrerote, ¿eh? Ahí se curra, mucho nivel y buena escuela" . Alonso Domínguez, el bar manager, le tomó bajo su ala: "Me enseñó la coctelería de volumen pero con calidad, y la escena de Madrid". Probó en Llama Inn, donde accedió a nuevas técnicas, a una rotavapor y a un servicio cosmopolita. O en Fat Cats, que hizo suyo una vez tuvo la suerte de abrirlo. "Y de trabajar con Alberto Martínez", recuerda, ya que el maestro de 1862 Dry Bar fue quien creó esa primera carta y le permitió liderar un equipo. Hasta emanciparse con Scratch.

Fernando vivía en la calle Amparo y conocía el local, la vieja heladería Yoli cuyo traspaso pudo asumir aun dejándose una tela en acondicionarlo: "Era un cucarachero, tuvimos que tirarlo abajo, picar suelo y paredes, fontanería nueva...". Dejó el espejo con el letrero y en cada carta un cóctel que se inspira en algo alusivo. Como una limonada suiça de Brasil llevada al paseo marítimo de Argumosa: leche condensada con citronela y lima kéfir, mezcla de tres rones potentes, lima y una nube de Fernet. Un Grasshopper tropicalizado.

Recuerda firmar el contrato en Casa Asturias, dar el adelanto y quedarse con cien euros en la cuenta. Una amiga diseñadora bajó a tierra sus ideas etéreas: "Lo que tenía en mente era una vibra, quería que la gente entendiera que Scratch no es un bar wow, sino ser recibido en la casa de un amigo. No quería un bar 50 Best ni de postureo madrileño, sino algo sencillo". Scratch puede ser la aguja sobre el vinilo, pero sin asociarse a un hi-fi bar. También un boceto o made from scratch, hecho desde cero, como él mismo.

Es, sin duda, la actitud de su creador. De fondo, Notorious BIG: "Si no le han metido tres balazos no suena, ese es el filtro", comenta vacilón. Sus "pesadeces" las aguanta Adrián Galisteo "Pat", un cliente que traspasó la barra.

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5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.elmundo.es — el contenido pertenece a El Mundo.

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