Del tráfico de esclavos a la plata española que devoraba a los hombres: por qué hoy somos todos capitalistas
El catedrático de Harvard Sven Beckert desmonta en su nuevo libro los mitos asumidos en torno al capitalismo y se atreve, incluso, a predecir su fin. «Los capitalistas surgieron en las ciudades, pero el capitalismo viene del campo», dice
A principios del siglo XVII, Potosí tenía más habitantes que Londres, Milán y Sevilla y era lo que el profesor Sven Beckert (Fráncfort, 1965) considera una «isla de capital», metáfora para describir un lugar donde la lógica económica del capitalismo operaba de forma intensa, mientras el resto del mundo seguía organizado bajo otros sistemas como el feudalismo o la agricultura de subsistencia. Este enclave de la América española, situado en la actual Bolivia, no tenía nada de ínsula, al contrario, daba vértigo porque estaba a 4.000 metros sobre el nivel del mar en la cordillera de los Andes. En sus minas, indios, africanos y europeos extraían el 60% de la plata mundial , un negocio que permitió que sus más ricos habitantes fueran algo así como las actuales fortunas petroleras del Golfo Pérsico. Su lujo era de todo menos silencioso y sustituían las gafas Chanel y los Ferrari por diamantes de Ceilán, medias tejidas en Nápoles y vajillas de porcelana china, mientras en sus calles se levantaban iglesias espectaculares, casas de juego, teatros y salones de baile.
Como en otras islas de capital surgidas a lo largo de la historia, el esplendor de este territorio de la Monarquía Hispánica tenía también su lado oscuro. Uno de cada cuatro curritos que extraían plata no salía con vida de la mina. Las condiciones de trabajo eran durísimas. Cada minero tenía que cargar con hasta 50 kilos de mineral y subir y bajar por escaleras colgantes fabricadas con cuerdas. Cada año eran necesarios 50.000 reemplazos en Potosí para mantener la producción, que no sólo enriquecía a la Corona, sino también a los empresarios y a la gran banca europea.
En 1554, un descubrimiento tecnológico trasformó el negocio. A través de un proceso químico que separaba con mayor facilidad el metal de la roca, la productividad se duplicó. Los beneficios se dispararon. Sin embargo, la salud de los trabajadores se vio aún más amenazada. El mercurio combinado con el azufre y el sílice creaba una neblina terriblemente tóxica. Potosí, como si fuera un territorio mágico sacado de la literatura de Tolkien, llegó a ser conocida como la montaña que se come a los hombres. «La plata americana lo cambia todo porque por fin los europeos tienen algo que sí interesaba comprar a chinos e indios, que vivían en los lugares económicamente más dinámicos del planeta, que por entonces estaban en Asia», apunta Beckert. Así que una montaña devorahombres se convirtió en uno de los combustibles esenciales del capitalismo.
Ningún otro fenómeno económico y social ha moldeado la historia humana de forma tan decisiva. Sobre el capitalismo han discutido filósofos, escritores y miles de tertulianos del prime time televisivo. Tiene sus defensores, que lo celebran como el mejor de los mundos posibles, y enemigos que lo culpan de los males que nos afligen. Se ha peleado con comunistas, anarquistas y representantes de la Iglesia católica y ha vencido.
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