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Un arepazo llevó alimento y alegría a Playa Grande para disipar la desolación que sembraron los terremotos

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Un arepazo llevó alimento y alegría a Playa Grande para disipar la desolación que sembraron los terremotos

Si dejas atrás el toldo bajo el cual el Equipo Vanessa, de la activista Vanessa Rodríguez, cocinaba arepa tras arepa este miércoles en la tarde en Playa Grande, te encuentras con un esqueleto erguido en el horizonte: el del edificio Jurel, uno de los símbolos de la destrucción de los terremotos del 24 de junio.

Si intentas regresar hacia Catia La Mar, tropiezas con los restos de residencias vacacionales y de viviendas populares que se vinieron abajo el Día de San Juan.

Donde mires, hay señales del golpe franco que sufrieron las estructuras y las personas.

Pero también es verdad que, donde mires, hay algún niño que monta bicicleta, o un hombre tratando de hacer ejercicio, o una señora que lleva a su perrito a la carpa de la organización Arca.

Porque La Guaira tiene tantas caras como circunstancias luego de que la Tierra hablara a los trancazos hace poco más de dos meses. «A veces pensamos que tenemos que hacer grandes cosas, y no es verdad.

Pequeñas cosas hacen la diferencia y hacen que la carga sea más ligera», explicó Rodríguez. «Vi la necesidad, me vi en una sola pieza, mi casa está bien, y me dije ‘tengo que hacer algo’, hacer algo por los demás.

No podemos quedarnos viendo todo en un teléfono con tanto por hacer».

El profesor Jesús Narea, integrante de la iniciativa de los comedores itinerantes, se puso al frente de las planchas para cocinar las arepas que calentaron más de 500 estómagos en Playa Grande al atardecer de este 2 de septiembre. «Por lo menos 500 arepas», avanzó.

Mucho más temprano, y en la cocina de Cáritas en la parroquia San Sebastián de Maiquetía, el mismo Narea se había dedicado a cortar los vegetales para cocinar los rellenos que engalanarían el arepazo: cazón, pelúa (queso amarillo y carne mechada), catira (pollo con queso amarillo), caraotas, jamón y queso.

También se afanó en las planchas Ricardo El Pícaro, un cocinero de cuartel que sabe cómo hacer comida sabrosa para mucha gente al mismo tiempo. «Estas arepas son para nuestro pueblo», enfatizó Narea. «Nosotros no somos institución.

Somos un grupo de vecinos que estamos poniendo nuestro granito de arena. ¿De qué nos mantenemos? De gente de buen corazón, de gente que todos los días quiere donar algo, que no nos falla.

Hoy, un señor llamado Luis Sosa nos donó el bulto de harina pan y tres kilos de pollo.

La gente de Olvidados son los papás de las planchas y de muchas cosas más».

Las arepas salieron de más de cuatro pares de manos que acariciaron la masa para darle la forma querida.

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