Los nuevos bandidos de Río Frío
Un día tormentoso de 1886, desde una ventana del consulado mexicano de Santander, España, el cónsul Manuel Payno miró la costa melancólica del Cantábrico y de pronto sintió que lo aguijoneaba la nostalgia.
Había cumplido 66 años y estaba enfermo de la vista.
Más allá de su ventana, los pescadores salían diariamente al mar y al volver llenaban el muelle de sardinas y merluzas.
Pero había barcas que no volvían.
Payno tuvo la sensación de que él tampoco podría volver a México.
Aquel viejo triste que había visto pasar todos los horrores del siglo XIX mexicano se puso a recordar “las cosas de otro tiempo”.
Escribió cientos de cuartillas sobre los individuos que habían pasado por su vida, sobre los amigos muertos o lejanos, sobre las cosas que le había tocado presenciar a lo largo del viaje de la vida.
En el juego de la memoria se le cruzó el recuerdo de una causa criminal que había sido célebre, “cuyos autos pasaban de mil fojas”.
El caso había pasado de un juez a otro.
Algunos magistrados que lo llevaron murieron, y su muerte estuvo lejos de ser natural.
Payno recordó que “personas de categoría y de buena posición social estaban complicadas, y se hicieron por este y otros motivos poderosos esfuerzos para echarle tierra” al asunto.
Pero el escándalo había sido demasiado grande.
Hubo varios detenidos, algunos fueron dejados misteriosamente en libertad; finalmente, el hilo fue descubierto y a varios de los implicados se les juzgó y condenó a muerte.
La figura principal de una camarilla de delincuentes que asaltaban en la ciudad y en los caminos, y tenían “cogidas como en una red a la mayor parte de las familias” de México, era manejada desde Palacio Naciona l por el jefe de Ayudantes del presidente Antonio López de Santa Anna , el coronel Juan Yáñez.
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