Gonzalo Lebrija (o de Madrid al cielo)
Siempre me he preguntado por qué España en general y Madrid en particular se llevan tan mal con la estatuaria pública.
Mi respuesta es que, cuando nos ponemos a conmemorar eventos, tendemos a ser excesivamente literales: si nuestra localidad es famosa por sus tomates, colocamos a la entrada del pueblo un tomate gigante.
Si somos reclamo por nuestras fiestas con tamborileros, a nadie se le ocurre plantar una gaita.
Ponemos algo, a ser posible de bronce, que a todas luces deje constancia indubitable de qué instrumento de percusión nos caracteriza.Luego está la desgracia de esas ciudades o regiones con hijo predilecto incluido (entonces se te llena todo de 'Meninas', de 'obras de'...), cuando no caen en manos de expertos en márketing que te lo llenan todo de 'osos de gominola' (ARCO e Ifema tienen el suyo) o sucedáneos similares.
Nada como repasar el 'Pormishuevismo.
Rotondas y mamotretos', de Erik Harley , y empezar a fibrilar.Y es que con la abstracción nos llevamos fatal.
La ausencia de referente en las propuestas de este signo conduce o a rechazarlas o a buscarle a esa cosa inasible parecidos figurativos.
Regreso a Madrid, donde el colmo de la elocuencia lo tenemos en la plaza de Colón, donde se reparten espacio ranas, vacas, meninas y todo lo que le sobre al personal.
De tal signo que hasta la 'Julia' de Jaume Plensa nos parece lo más cerca que estaremos de los Richard Serra en el Guggenheim.
Por cierto: No puedo con los cabezones de Antonio López en Atocha...Ahora, desde la plaza del Carmen, la ciudad hace algo las paces con la estatuaria figurativa con 'El rumor de la discordia', del mexicano Gonzalo Lebrija : un pedestal de hormigón de más de seis metros que debería alojar una estatua ecuestre, si no fuera porque su caballo no tiene jinete ni montura, ni este se sitúa en su cima, sino desplazado, casi en el aire. arte_abc_0724La propuesta, tan serena como inquietante, esboza una relectura del monumento conmemorativo de raíz ecuestre y sintetiza la idea de su autor de fijar desde la escultura momentos fugaces.
Por vez primera, y esperemos que sirviendo de precedente, de Madrid al cielo.
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