Todos los problemas de la vivienda están en el cine: de la pesadilla del inquilino a la del casero
Una cena londinense, un huésped sospechoso y un siglo de películas demuestran que, en la pantalla, nadie duerme tranquilo bajo su propio techo, ni siquiera cuando el techo es suyo.
El piso lo condiciona todo: las relaciones, la moral, las aspiraciones, incluso la política, en una asombrosa lectura alegórica.
Todo empezó cuando Marie Belloc Lowndes oyó contar que unos caseros sospechaban que su huésped era nada menos que Jack el Destripador, y de aquella sobremesa salió ' El inquilino' , la novela que Alfred Hitchcock llevó al cine en 1927 y que en España se estrenó, con titular de cuplé, como ' El enemigo de las rubias '.
Nacía así, entre el brandy y el crimen, un género que nadie ha bautizado todavía: el thriller inmobiliario .Los Bunting de Hitchcock son un matrimonio de clase modesta que alquila una habitación de su casa porque ese techo no es para ellos un hogar, sino una carga que hay que rentabilizar.
El desconocido llega embozado, paga bien y no da explicaciones, la casa es pequeña, la intimidad queda comprometida.
Y la señora Bunting necesita el dinero.
Es una de las ideas más afiladas del joven maestro, que convierte esa asimetría de información en puro suspense.
El gran John Brahm retomó la historia en 1944 con Jack el Destripador , cuyo título original, ' The Lodger ', nos recuerda de dónde viene todo.
El Londres victoriano es el mismo, de niebla, gas y escaleras que crujen, y el matrimonio, ahora los Bonting, también.
El señor Slade sale de noche y esconde una bolsa que nadie debe ver, pero sus caseros tardan en sospechar, porque el dinero del huésped es una ayuda importante y la necesidad vence al miedo, versión temprana del dilema del arrendador que no puede permitirse perder a un inquilino que paga.Si en Hitchcock el peligro dormía en el piso de arriba, en ' De repente, un extraño ' (1990) John Schlesinger lo instala en San Francisco con la ley de su parte.
Una pareja joven compra una casa victoriana al límite de sus posibilidades y alquila parte de ella para poder pagar la hipoteca.
El inquilino que elige resulta ser un estafador que aprovecha la legislación de protección para no pagar, no marcharse y arruinarlos.
La película retrata con crudeza la fragilidad de quien compra al límite y la dependencia de una hipoteca que solo se sostiene alquilando.
Aquí el propietario es la víctima, y el film recoge un caso extremo de inquilino abusivo, el inquiokupa de nuestros telediarios, en un choque entre lo que la ley permite y lo que es justo.La cara opuesta la ofrece ' El ocupante ' (2019), de Deon Taylor.
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