«Pedro Sánchez se alimenta del mito mediático de Kennedy»
Ana Velasco tiene un aspecto aniñado, delicado, pero cuando habla parece una anciana sabia que ha vivido o leído mil vidas.
Esta sabiduría se refleja en sus publicaciones, donde relaciona moda e historia -dos de sus pasiones y materia de estudio- de forma didáctica, amena y original.
Ha escrito media docena de libros en los que aborda ambas disciplinas con un enfoque diferenciador.
En el último, titulado 'Moda y política.
Las apariencias del poder' (Ed.
Los Libros de la Catarata), desmonta la teoría de que la indumentaria sea un adorno superficial y la muestra como una herramienta de comunicación política esencial.En este ensayo habla de muchas prendas interesantes como la toga romana, que curiosamente guarda semejanzas con el traje de chaqueta actual; relata cómo la Reina Isabel I de Inglaterra, siempre preocupada por su aspecto, dictó leyes para que solo la realeza pudiera vestir de oro, plata, armiño y púrpura.
Enumera las distintas camisas convertidas en prendas antisistema según sus tonos (rojas, pardas, azules) y que, una vez leído el texto, recuerdan las camisetas con mensaje actuales.
Habla de cómo el velo siempre ha sido «símbolo de la mujer respetable» o de que el color amarillo era el empleado para excluir a los judíos.Dedica varias páginas a la indumentaria de los presidentes estadounidenses: cuenta cómo la carta de una niña de 11 años provocó que el presidente Lincoln se dejara barba para mejorar su imagen; explica que el traje de Roosevelt era de formas amplias y suavizadas para camuflar sus férulas metálicas, y que la gorra de Trump es un arma de propaganda de lo más efectiva.
Sin embargo, Velasco sostiene que fue Kennedy quien inició la «verdadera revolución estética y mediática»: ganó a Nixon en el debate televisivo porque aparecía descansado y bronceado frente a un contrincante fatigado; dejó de usar sombrero porque le tapaba la cara y no le favorecía -lo que provocó que los hombres abandonaran su uso habitual-; puso de moda el traje de dos botones con hombreras menos rígidas y una silueta más limpia, y consiguió, sobre todo, que «el ocio aristocrático se convirtiera en espectáculo político», explica la autora.— ¿Cree que en la actualidad tiene la misma relevancia la moda en la política?—Creo que hoy sigue siendo igual de importante que antiguamente.
No hay una gran diferencia, aunque la política en nuestra sociedad es muy distinta de lo que era en el Antiguo Régimen o en los sistemas precristianos y preconstitucionales.
El concepto institucional y la sociedad han cambiado muchísimo, pero la constante es la relevancia del vestuario dentro del juego de poder.
Obviamente, hoy es un consumo más democrático en el que todos participamos.
En el pasado estaba restringido a las élites y a las familias reales.
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