El color de Morante antes del formidable lío de Luque
Colorista se llamaba el primero.
Pero lo que tuvo un color especial fue el toreo de Morante.
El color de la pureza, el color de la cadencia, el color de la espera.
Esa espera que desespera.
Ese color sin prisas, ese color de la cercanía.
Y no solo era sentir la respiración del garcigrande por las femorales, era hacer que pasara tan despacito, con ese ritmo que alcanzaba su cénit en su remate en la cadera, aunque no todo brotara con limpieza, tan reñida con lo purísimo.
Qué barbaridad de naturales, maestro.
Uno, dos, tres...
Con la belleza que da la profundidad, con el dolor que hiere.
Naturales de ¡ooole! y de ¡ay! Porque tras la voz rota de aquellos 'oooooles' viajaba un 'ay' que recorría el alma.
Porque el toreo de Morante deleita y asusta, incluso aunque el toro obedezca.
Y no solo en los muletazos, también cuando se queda ahí, sin poder salir de la cara ni frente a algún achuchón.
Eso también estremece.
Fue Colorista un toro que le permitió al genio elevar su asentado toreo, hundir las zapatillas, torear con una y otra mano como los ángeles.
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