Ceuta, un tubo de ensayo
El poder es inseparable tanto de sus víctimas como de quienes lo ejercen.
Hay unos beneficiarios y aprovechados del poder; una centralidad de ese poder, es decir potestad política, económica y social de su ejercicio, y una gruesa capa formada por aquellos que sufren sus consecuencias.
La forma en la que un poder es puesto a prueba tiene distintos laboratorios.
Las fronteras son el lugar perfecto.
La degradación del límite, la necesidad de defender o traspasar sus términos activan resortes.
Una frontera sin humanidad es barbarie.
Pero una frontera sin ley deja de existir.
Durante casi un mes, las playas del Tarajal y el Trampolín , en Ceuta, han servido de escenario para demostrar qué ocurre cuando un poder se despliega y otro se repliega.
Cuando el Estado posee fuerzas capaces de intervenir, pero las congela, hace pensar en el deseo de intervenir, después, sobre una sociedad ya transformada, con la única intención de mostrar su actuación tardía como restauración del orden.
Ocurrió en Estambul, en 1955, cuando grupos de turcos movilizados y organizados atacaron a la minoría griega bajo el reclamo «Chipre es turco».
Destruyeron viviendas, comercios e iglesias, mientras numerosos agentes permanecían pasivos o actuaban con restricciones.
Sólo después de consumada la devastación, el Estado desplegó su fuerza.
Desde hace casi un mes, Marruecos ha permitido la movilización de seres humanos sobre territorio español.
La avalancha de cerca de 80.000 personas del pasado 30 y 31 de julio transformó un territorio de 20 kilómetros cuadrados en laboratorio.
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