Dos Mocedades contra Nirvana
La moda indiscriminada de los campamentos de verano ha alegrado algunas vidas, que en verdad habrían sido felices igualmente, pero ha desgraciado a otras que se perdieron en el campo abierto cuando aún no estaban preparadas para usar su libertad.Todos en casa pensamos que no era una buena idea que mi hermana se fuera de campamentos a Francia.
Todos menos mi madre, que tenía mala conciencia por haberse separado y quería ofrecer algo distinto a su hija, algo distinto y original, y la mandó en su verano de los 15 a una especie de centro excursionista público que le había recomendado una amiga socialista.
Mi hermana regresó de Francia fumando y con varios casetes de un tipo del que entonces, por lo menos en mi familia, no sabíamos nada: Kurt Cobain, líder de otro grupo que tampoco conocíamos y que se llamaba Nirvana.
Mi madre no cuestionó los campamentos, ni que fueran franceses, ni públicos.
Tampoco reprendió a su amiga por el consejo que tan mal resultado había dado y concluyó que todo era culpa del tal Cobain y de Nirvana .
Se compró los mismos casetes de mi hermana para escucharlos a escondidas y le parecieron espantosos.Una mañana, sin avisar a nadie, le dijo a mi hermana que se iban de compras y la llevó a la sección de discos de El Corte Inglés convencida de que solucionaría el problema a su manera.
Y le dijo que por cada casete de Nirvana que tirara a la basura le compraría dos de Mocedades , Julio Iglesias o Perales .
Mi hermana lo aprovechó para hacer la épica de la que defiende a su ídolo y aquella mañana acabó entre lloros y gritos.
Las broncas entre ambas se volvieron constantes y mi padre prometió asilo a mi hermana, pero cuando tuvo que concedérselo, se casó con una señora mallorquina, madre de tres hijos, que le dijo que no quería complicarse la vida con una cuarta, y es verdad que se la habría complicado.Al invierno siguiente, fue mi madre la que anunció que iba a casarse, y su marido, al que tengo el honor de llamar mi padre, fue todo lo contrario que la señora de Mallorca, y no sólo la acogió en su casa sino que la trató con suma delicadeza, generosidad y sobre todo confianza, a pesar de que mi madre y yo le advirtiéramos del delicado terreno que estaba pisando.
Y mi hermana, con esa mezcla tan suya de mezquindad, lucidez y desespero, usó el abandono de su padre para cometer las más salvajes tropelías, hasta que a finales de julio mi madre decidió mandarla a estudiar fuera el curso siguiente.Se le buscó un internado inglés, refinado y caro , que en absoluto era un centro de castigo.
Mi padre se opuso con su fatua vehemencia, pero su capa de héroe volvió a quedar tan roída como siempre cuando se le planteó que la única alternativa a Inglaterra era que mi hermana se fuera a vivir con él.
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