Cuando la victoria estaba en el centro
Era en aquel Madrid de aquellos tiempos, los de la primera Transición, los partidos que competían en las elecciones lo hacían desde la convicción de que la victoria sería para quien dominara el centro.
Entonces, el predominio correspondía a las fuerzas centrípetas.
Así, por ejemplo, la derecha de UCD transgredía el mandato de sus electores proponiendo la reforma fiscal o la ley del divorcio, mientras la izquierda socialista correspondía renunciando al marxismo –recuérdese el XXVIII Congreso del PSOE– y aceptaba la bandera y la monarquía.
De manera que, a una derecha que hacía alarde de progresismo, correspondía una izquierda moderada.
Esos apóstatas de la Transición que la invalidan considerando que fue un apaño en el que se conchabaron los oportunistas del franquismo y los traidores de la izquierda, antes de dar los gritos de rigor, deberían recordar que Franco había muerto en la cama treinta y seis años después de haber ganado una guerra, final que quedaba reflejado en el parte del 1.º de abril de 1939, que todos los españoles teníamos memorizado, a tenor del cual: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares.
La guerra ha terminado".
Llegados aquí se imponen algunas puntualizaciones.
Primero, porque al Ejército rojo, es decir, al Ejército de Trotski, nunca se le vio asomar por aquí, ni desfilando ni combatiendo junto al Ejército Popular de la República ni tampoco aliado con el Ejército sublevado de Franco, que fueron los dos únicos contendientes.
En cuanto a la última afirmación, donde se sostiene que "la guerra ha terminado", merece también algún esclarecimiento porque, en contra de lo que hubiera sido esperable, terminada la guerra en vez de que empezara la paz comenzó la victoria, que se fue contando por sucesivos años triunfales.
Terminada la guerra en vez de que empezara la paz comenzó la victoria, que se fue contando por sucesivos años triunfales Entonces los vencedores cayeron en la cuenta –Houston, tenemos un problema– de que los derrotados no eran senegaleses ni bereberes sino también españoles .
Y, por eso, se apresuraron a negarles esa condición.
Españoles, verdaderos españoles, solo podían ser los que habían alcanzado la victoria y los vencidos quedaban reducidos al estercolero de la anti-España, la de la conspiración judeo-masónico-bolchevique.
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