Las manos sucias
Vuelve la estética de la revolución. ¿Pero la ética? Y no lo digo por Barbie Gaza.
A nadie le parece necesario que los dilemas vivan más allá del estridente eco de las soflamas en el megáfono.
Por alguna razón hay quien se entusiasma con las algaradas, mitifica el humo y acaba comiendo palomitas cuando la cosa acaba mal, con cargas policiales y la ciudad iluminada por las luces de los furgones como un árbol de Navidad azul.
Que la revolución conserve aún prestigio resulta cada vez más incomprensible, sabiendo todo lo que sabemos.Por ejemplo: en Francia, la rabia de los estudiantes, acompañados de radicales de izquierda y los matones de 'la banlieue', ha incendiado liceos para pedir mejoras en la educación.
Todo con cabeza.
Humaredas como de drones rusos que le fabrican miles de votantes a Marine Le Pen .
Y todos los partidos han aprendido a modular, incitar, apoyar, y manipular lo que la calle diga para que lo diga en su propio interés.
En España, los problemas acampan y al presidente le va que ni pintado para convocar elecciones y dejar de hablar un rato de Ceuta y los juzgados.
Pero aquí todo se agrava por la falta de comprensión lectora.
En la Puerta del Sol y otras plazas han plantado un laberinto 'urbanístico' de causas que te intoxican si las bebes de un trago (el rentismo mata, antifascismo, palestina, clima...).
Lo resumió bien la lumbrera que dijo en un vídeo viral aquello de: «Yo no he elegido nacer, ¿por qué tengo que pagar por un techo?».
Por la noche, dejan las quechuas vacías y se van a descansar.
La ética con horario.
Y así hemos llegado a la huelga general, la primera del mundo que rinde homenaje al informe PISA .
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