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Nostalgia de cuando el futuro era un robot con cofia

ABC ·
Nostalgia de cuando el futuro era un robot con cofia

El astrofísico Hubert Reeves (1932-2023) decía que nuestra imaginación se detiene cuando vemos algo que ya conocemos: no hay nada que se parezca más a los años 60 que la ciencia ficción de los años 60, con sus naves domésticas en colores pastel y ... los trajes ajustados de licra beige con capas y capuchas pegadas a la cabeza. Cuando veía de pequeña The jetsons o Perdidos en el espacio (durante años mi serie favorita), yo creía que el futuro sería así, que volaríamos con dispositivos personales, que podríamos disolvernos en partículas para rehacernos a miles de kilómetros como si nada y que no habría que cocinar ni planchar ni limpiar porque habría un simpático robot de lata con cofia que lo haría todo sin una queja y luego se desconectaría él mismo hasta que lo reclamáramos para asarnos un pollo en medio nanosegundo.

Yo creía que volaríamos con dispositivos personales, nos disolveríamos en partículas para rehacernos a miles de kilómetros y que no habría que cocinar, planchar ni limpiar porque ya lo haría un simpático robot de lata con cofia

Me pasé mi adolescencia leyendo a Ray Bradbury, a Isaac Asimov, a Arthur C. Clarke, a Ursula K. Le Guin, a Aldous Huxley, a Orwell e intentando emularlos a mi vez, escribiendo cuentos de una ciencia ficción dudosa y derivativa, muy pegada a una idea inocente y esperanzadora del futuro, aunque ninguno de esos autores pintara un futuro color de rosa. Yo seguía aferrándome a mi fantasía de naves espaciales como las que todavía se pueden ver en los tiovivos de algunas ferias y a extraterrestres de aspecto raro, pero con buenas intenciones. Y entonces llegó a mis manos un cuento en inglés, que tuve que traducir diccionario en mano, que me impresionó y me sigue impresionando 50 años después de su publicación: The ones who got away from Omelas ('Los que se alejan de Omelas'). El cuento transcurre en una ciudad del futuro durante un festival de verano de música y danza, hay un ambiente alegre y tumultuoso, la gente parece realmente feliz, todo es paz y armonía, no hay crímenes ni disturbios, pero… En un momento del cuento, nos enteramos de que el mecanismo que hace que todo funcione a las mil maravillas es que en un cuarto subterráneo, en una especie de mazmorra, hay un niño que llora porque sufre y quiere salir de allí: la supervivencia de esa utópica ciudad llena de música y contento depende únicamente del aislamiento y el dolor de ese niño. Y hay personas, que aun amando una vida sin preocupaciones, no pueden soportar la idea de que alguien sufre para que ellos se lo pasen bien y se alejan de Omelas.

Desde su publicación, el cuento ha sido interpretado de mil maneras distintas, como una crítica al colonialismo, a la indiferencia, a la amoralidad, al egoísmo…

Yo sólo sé que ese cuento, más que Un mundo feliz o Fahrenheit 451 o 1984 , pulverizó mi idea de una sociedad utópica sin conflictos, sin pobreza, sin tristeza.

Y desde que lo leí, me he preguntado mil veces si me quedaría en Omelas, tapándome los oídos a los ecos de los gemidos del niño que ocasionalmente se mezclarían con la orquesta interpretando a Mozart, o sí cogería mi petate y me alejaría de allí para no volver nunca.

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