¿Una edad de oro en la ciencia?
En menos de tres meses, dos documentos oficiales han formulado la siguiente aseveración: impulsada por la inteligencia artificial (IA) la ciencia ingresa en una “edad de oro”.
El primero, Science: A New Golden Age (La ciencia: una nueva edad de oro), fue presentado el 21 de julio por Michael Kratsios, director de la Office of Science and Technology Policy (Oficina de Política Científica y Tecnológica) de la Casa Blanca.
El segundo fue una declaración conjunta respaldada por 17 países, entre ellos Estados Unidos y la Argentina, Kyoto Vision for a Golden Age of Science (Visión de Kioto para una edad de oro de la ciencia) fue emitida el 4 de octubre, en Kioto, Japón, durante la 23.ª reunión anual del Science and Technology in Society Forum.
Los dos documentos, el de la Casa Blanca y el de Kioto, pueden leerse como capítulos de una misma historia.
El primero propone reorganizar el sistema científico estadounidense para acelerar el descubrimiento y convertir la IA en el motor de una revolución científica, en la que la IA no solo acelere tareas existentes, sino que transforme la manera de formular preguntas, realizar experimentos y producir conocimiento.
Propone, además, reducir obstáculos institucionales para aumentar la velocidad de la investigación.
El segundo internacionaliza la propuesta en forma resumida y propone una IA del futuro cercano, a la que denomina “superinteligencia”, como la gran oportunidad para acelerar radicalmente la investigación científica.
Implícita en ambos documentos está la idea de una correlación absoluta entre aceleración tecnológica y progresos científicos.
Los dos documentos incorporan además la “metaciencia”, es decir, el estudio de cómo mejorar la forma en que la propia ciencia se produce, evalúa, organiza y financia.
Pero solo el documento estadounidense formula detalladamente propuestas concretas en este campo, algunas de ellas, cuando menos, controvertidas.
Ejemplos: un enfoque excesivo en la comercialización a corto plazo que descuida la ciencia básica y priorizar a los investigadores individuales y a equipos en detrimento de las grandes universidades.
Los dos documentos tienen una virtud y una debilidad.
La virtud consiste en reconocer que estamos ante una transformación histórica que exige nuevas instituciones.
La debilidad consiste en dos aspectos: confiar demasiado en que más IA producirá automáticamente una mejora en la calidad y cantidad de ciencia que se produce, y asumir que la IA avanza inevitablemente en una dirección positiva y que, por lo tanto, nos permitirá mejorar nuestra condición humana sin ningún efecto secundario.
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