La marca del destrozo
Ceder.
Inclinar la cerviz.
Capitular.
Tres verbos que saben a cuero viejo y a soga húmeda, a ese polvo que se levanta cuando un país es obligado a arrodillarse mientras otros discuten el precio de la humillación.
Hace ya más de doscientos años, miles murieron por la libertad y por algo todavía más profundo: el derecho a decidir, a ser dueños de su destino en un territorio donde todo se dictaba desde afuera o desde arriba.
Hombres, mujeres, niños, ancianos: una multitud sin estatuas, hecha de miedo, hambre y terquedad, que caminó hacia la muerte convencida de que romper el yugo valía la vida.
Esa multitud sostuvo la idea más peligrosa y luminosa del momento: un país puede nacer del acto de decir “basta”, “no más”.
La libertad no es abstracción; es apuesta feroz que se paga con sangre.
Y lo que quedó luego de aquella guerra fue un territorio exhausto, pero con una certeza: el derecho a decidir no se mendiga.
Murió un tercio del país.
Antes de la guerra, Venezuela tenía entre 700.000 y 800.000 habitantes.
Al final, según José Manuel Restrepo, de los 400.000 muertos de la Gran Colombia, unos 250 000 fueron venezolanos.
No solo cayeron en combate: murieron por epidemias, hambre, miseria y masacres.
La muerte se volvió paisaje.
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