El pandemónium de 1826 (y 3)
Páez desconfiaba de Bolívar.
No tenía claro si venía a dar guerra o a dar garantías.
Los meses de noviembre y diciembre fueron tensos.
Puerto Cabello con Briceño Méndez rechazó el separatismo, Páez sitió la plaza sin éxito.
El Libertador mantenía un discurso de paz pero, en paralelo, reclutaba y reunía provisiones.
El 15 de diciembre le escribe a Santander: “Estoy persuadido que la fuerza y el temor deben ser ya los elementos que debemos emplear”.
Al otro día, llama a la unión en su proclama de Maracaibo.
El 23 de diciembre en Coro busca ganar a Páez con promesas: “No me opondré a la federación; tampoco quiero que se establezca la Constitución boliviana”.
El 31 desde Puerto Cabello insiste: “Entendámonos, general.
Nadie sería más infeliz, ningún espíritu de partido me guía.
Jamás la venganza ha entrado en mi pecho”.
El 1° de enero de 1827 expidió un decreto de perdón general a todos los reformistas, restituyendo a Páez como mando militar de Venezuela y a Mariño como comandante de Maturín.
En respuesta, su autoridad como presidente de Colombia fue reconocida por los rebeldes.
La Cosiata había terminado.
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