El pánico post-terremoto afecta a los chamos
Los eventos sísmicos constituyen una de las experiencias naturales más desestabilizadoras para el ser humano. La brusquedad e impredecibilidad con la que se manifiesta la tierra no solo impacta la infraestructura física, sino que sacude la estabilidad emocional de la población.
Tras los movimientos sísmicos registrados recientemente en Venezuela y las informaciones sobre desastres en la región, las familias enfrentan el complejo reto de contener a los más pequeños del hogar. En medio de la incertidumbre, la prioridad debe ser ayudar a los niños a procesar lo sucedido y devolverles de manera paulatina la sensación de protección.
Según explica la psicóloga Yadira Hidalgo, el miedo, la ansiedad y la hipervigilancia son respuestas completamente esperables y adaptativas ante la amenaza que representa un terremoto. Sin embargo, en el caso de la infancia, la interpretación de la realidad depende en gran medida del entorno que los rodea. Por esta razón, el rol de las madres, padres y adultos cuidadores se vuelve decisivo en el manejo del impacto postraumático.
Validar las emociones. El primer paso fundamental en la contención psicológica infantil consiste en abrir espacios seguros para la conversación. Hidalgo señala que el error más común de los adultos es intentar tranquilizar a los niños diciéndoles frases como “no pasa nada” o “ya no tengas miedo”. Estas expresiones, aunque bienintencionadas, suelen invalidar la emoción del menor y hacerlo sentir incomprendido.
Lo recomendable es entablar una comunicación abierta, tranquila y natural sobre lo sucedido. Preguntarles de manera directa qué sintieron, qué se imaginan cuando la tierra se mueve y a qué le tienen temor. Explicar el fenómeno de los sismos mediante un lenguaje sencillo pero claro según su edad les permite estructurar cognitivamente la experiencia.
Validar sus emociones implica recordarles que sentir miedo es una respuesta totalmente humana ante el peligro, y que es normal que permanezca cierta aprensión frente a la posibilidad de nuevas réplicas.
Rutinas diarias. Cuando ocurre una emergencia sísmica, la percepción de predictibilidad del entorno se rompe. Para los niños, esto se traduce en una pérdida de control que genera profunda angustia. Una de las estrategias para contrarrestar este fenómeno es la restitución progresiva de los hábitos familiares cotidianos. Mantener horarios fijos para las comidas, los momentos de juego, el descanso y las siestas envía una señal clara e inconsciente de que la vida cotidiana continúa y que la seguridad ha vuelto.
El descanso nocturno suele ser una de las áreas más afectadas por la ansiedad post-temblor. Si un niño presenta dificultades para conciliar el sueño o manifiesta terror de permanecer solo en su habitación, la especialista desaconseja trasladarlo inmediatamente y de forma permanente a la cama de los padres.
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