Tauromaquia de cantera y plata
Zacatecas es tierra de toros desde hace más de un siglo.
En sus cerros, praderas y cañadas, bajo un cielo azul indescriptible, su tierra colorada, valiente en la seca y agradecida en la lluvia.
Donde el tiempo es receta incombustible en la gestión de la bravura, base del toreo, fundamento de un sentimiento que lleva siglos narrando el sentir de la sociedad.
Los hermanos Llaguno, Antonio y Julián, iniciaron con visión y talento genético extraordinario, lo que hoy se denomina como el encaste Llaguno, base primordial de la cabaña brava mexicana.
En esos campos tuve el primer contacto con el toro en su hábitat.
Pasé de ser aficionado de tendido a un amante y admirador del toro de lidia en el campo.
La paz, el silencio, las horas que pasan lentas, al ritmo del amanecer y el compás del atardecer.
Donde el silencio dice mucho y las palabras cuentan poco.
Donde la observación de vacas y toros genera decisiones que en alguna plaza, en algún día y a cierta hora, serán parte fundamental en la creación del arte del toreo.
La capital zacatecana es una ciudad bellísima, de calles trazadas a capricho en cantera, donde el tiempo confunde la época y se pueden apreciar escenas de principios del siglo pasado con algún marchante vendiendo chile recién cosechado a pocos kilómetros del improvisado puesto, girar la cara y observar un comercio que intenta desprenderse del peso del pasado y mostrarse como lo último en tecnología y modernidad.
Su catedral es una joya arquitectónica, histórica y religiosa del verdadero México.
De la civilización nacida del encuentro de dos culturas.
No la que ahora pretende confundir y robar la identidad de un pueblo con un discurso arcaico, confuso, vil y mentiroso.
El retablo de esta iglesia es de lo más bello que se puede observar, sin necesidad de contexto o narrativa.
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