La trumpetización de Samuel
La distopía regiomontana.
Tu recuerdo no se va, no se va, no se va.
Las promesas de Samuel García tampoco se van.
Se quedan flotando en el aire contaminado de Monterrey, suspendidas entre el PM2.5 y la demagogia.
Fantasmas de una campaña electoral convertida en espejismo permanente.
En Washington con el pelo color mazorca y otro en Nuevo León con el copete de la ambición.
Uno construye muros.
El otro, líneas de metro fantasma.
Uno promete hacer grande a su nación.
El otro jura poner al estado al puro centavo.
Los dos mienten con la misma cadencia, con idéntico descaro, esa sonrisa de vendedor de autos usados en domingo de tianguis.
Jugando como si no pasara nada.
Donald Trump convirtió la Casa Blanca en un club de amigos selectos, donde la impunidad se reparte como canapés en cóctel de gala.
Samuel García, su discípulo tropical, el aprendiz norteño del populismo rubio, descubrió la misma fórmula al sur del Bravo.
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