Nostalgia del Stella
Madrid tuvo mar alguna vez, alcalde, y quedaba en Arturo Soria.
Hablo de la piscina Stella , de la que fui asiduo, en sus últimos años, porque Stella era una manera elegante de equivocarse un rato de ciudad.
Era una piscina, pero más que una piscina, naturalmente.
Si uno llegaba a Stella, podía creer, durante unas pocas horas, que Madrid incluía yates, muchachas con bikinis y señores de lino blanco que aún sabían llevar un sombrero de Panamá.
Hasta se practicó el nudismo, en una de las azoteas.
Leo aquí mismo que reabrirá el sitio, que cerró en 2006, pero rehabilitado como colegio.
Stella, orillada en la M-30, era el cosmopolitismo con algo de contrabando, una manera de quitarse un rato el franquismo, con el bañador.
Por allí pasó Ava Gardner, que incluyó en la noche de Madrid el desayuno.
También Antonio Machín, Xavier Cugat, Joaquín Blume, los futbolistas del Real Madrid de Di Stéfano y los soldados norteamericanos destinados en Torrejón, que debieron de encontrar allí una California de secano.
Y más gente.
La nostalgia tiene su propia agenda y acaba sentándolos a todos alrededor de la misma piscina, y yo aquí lo pongo.
Mecano metió el sitio en una canción.
Me ha dado nostalgia del Stella, alcalde, a finales de este verano, porque ahí está un mechón de mi juventud golfa, castiza y un poco bronceada.
Fue, durante muchos años, la universidad de la holganza.
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