Aquí, un amigo, un siervo, un esclavo
Que Marruecos, ese vecino que tiene en nuestro ministrillo de Exteriores «a un amigo, un siervo, un esclavo», nos chotea no necesita de un asalto multitudinario a nuestra frontera en Ceuta para constatarlo.
Somos el hazmerreír de Europa pero, peor aún, el niño abusado por el matón norteafricano.Nos ningunea, nos zarandea, nos arrincona, nos restriega sus poderosas amistades al otro lado del Atlántico y nos arroja a sus menores como quien lanza piñas a un avispero.Y el nefando Albares , cuya ineptitud solo es comparable a su soberbia, repta hasta las babuchas de Mujamé, que diría Juan Manuel de Prada, para alabar una ignota buena vecindad y proclamar, con ese tonito de niño repelente que le acompaña, que Marruecos es un socio estratégico con el que mantenemos unas relaciones excelentes.
Como el ejército de asesores de Sánchez tiene tanto miedo como poca vergüenza, lo suyo no es gestionar, sino aparentar que se hace.
Por eso padecemos una política de TikTok: lo que se dice importa mucho más que lo que realmente se hace.
En alguno de los atestados despachos de La Moncloa, alguien ha decidido que la mejor manera de ocultar que te han dado un guantazo sideral es vender que se trata de «un pequeño desajuste en el secular entendimiento bilateral».Ceuta es ese sitio incómodo donde las palabras se acaban y empieza la realidad.
Allí no sirven los PowerPoint sobre diplomacia, ni las sonrisas de cumbre, ni el sainete combativo de las ONG de tenderete.
Allí hay una frontera.
Hay españoles.
Hay policías.
Hay militares.
Y hay una ciudad que sabe perfectamente quién está al otro lado.Es el retrato al fresco de la debilidad de un Gobierno sin fuste ni empaque, pero sobrado de ese paralizante egocentrismo que le hace confundir la realidad con el cuento que fabrica para sobrevivir.
Uno que se aferra a la narrativa en lugar de enfrentarse a los hechos para poder cambiarlos.
El relato, marrullero y falaz, es el placebo de la tropa que nos (des)gobierna.La cosa quizá se acepta, inexplicablemente, pero no cuela.
La imagen exterior de Pedro Sánchez es muy parecida a la que tiene dentro: la de un ególatra que necesita demasiados aliados para seguir siendo presidente.
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