Vuelta a la rutina: No confíes en la fuerza de voluntad
En septiembre con la vuelta a la rutina tras las vacaciones, se suele repetir un patrón de buenos propósitos que mal llevado nos puede causar frustración.
Un nuevo planning de comidas, una vuelta triunfal al gimnasio con más motivación que nunca y aun así, parece que nos acabamos desinflando muchas veces al cabo de dos semanas.Cuando pasa esto, tendemos a pensar que es nuestra falta de voluntad lo que nos hace volver a los antiguos hábitos, pero quizás lo podemos plantear de otra manera.
Que este modelo cambie es una cuestión de comportamiento, no de nuestra fuerza de voluntad.Nuestro cerebro no ejecuta los objetivos, sólo ejecuta señales.
Cuando le decimos, «voy a comer mejor», realmente no tiene un libro de instrucciones concreto con las que ejecutar la acción cuando estamos frente a la nevera, con hambre a las siete de la tarde.
Lo que si le funciona mejor es el hecho de adoptar el hábito como una señal que ya existe en el día a día.
Es decir, que el hábito es más fácil de lo que se cree si se une a algo que ya hacemos de manera automática.Por otra parte, la fuerza de voluntad es un recurso que tenemos limitado.
Por ejemplo, en septiembre tenemos la idea de que arranca como un nuevo comienzo, igual nos pasa los lunes, el comienzo de año o un cumpleaños.
Estas fechas se sienten como un punto de inflexión para el cambio y son muy útiles pero también pueden ser una trampa, porque si no lo conseguimos en ese primer momento, que es tan simbólico, se siente como un fracaso .
Por eso mucha gente solo se plantea cambiar de hábitos en contadas ocasiones al año.La forma más razonable de crear un hábito nuevo o cambiar cualquier otro se basa en reducir tanto el primer intento con algo tan sencillo que haya poca probabilidad de fallar.
Por ejemplo, en lugar de decir, «esta semana voy a entrenar 4 días», mejor es «esta semana me pongo las zapatillas un día y salgo a caminar 20 minutos».
Tampoco es, «voy a comer perfecto», sino, hoy voy a introducir una pieza de fruta en el desayuno.
Parece poco ambicioso, pero justamente ahí está la gracia, porque el cerebro no necesita un cambio radical para generar una recompensa, lo que hace que el hábito se quede son múltiples repeticiones para que lo sienta como un éxito.
Y así, cuando acumulas muchos micro hábitos sin fallar, ahí si podemos aumentar el nivel de exigencia.
Antes sería un error.
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