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El espía masón

ABC ·
El espía masón

He llegado de noche a ciudad de Panamá. Un hombre llamado Edmundo me espera en el aeropuerto. No recuerdo su rostro. No sé a qué se dedica. Creo que es un espía.

Edmundo se ha enterado de que yo llegaría a Panamá para presentarme en ... la feria del libro. Me ha escrito un correo electrónico. Me ha dicho que hace años visitó mi programa de televisión en Miami. Me ha mandado fotos de aquel encuentro. Me ha pedido que le conceda el honor de buscarme en el aeropuerto. Quiere llevarme al hotel e invitarme a cenar esa noche. Mi esposa me dice que es un riesgo subir al auto de Edmundo sin saber quién es Edmundo. Yo decido correr el riesgo. Puede que sea un lector o un espectador. Puede que sea un espía amigo o enemigo. Puede que quiera secuestrarme o envenenarme.

La última vez que visité la ciudad de Panamá llegué en el avión de Shakira, invitado por ella. Despegamos de Miami. Durante el vuelo, de pronto el avión se oscureció del todo. Las luces se apagaron súbitamente y pareció que uno de los motores se había apagado también. Los pasajeros nos miramos, consternados. Pensé que morir al lado de Shakira sería un final de cierta belleza literaria. Nadie dijo una palabra. Fue el minuto más largo de mi vida. Luego se encendieron las luces y quizás también el motor averiado y pasó el susto.

En aquella ocasión Shakira había citado en Playa Bonita, Panamá, a unos magnates y unos artistas, todos amigos suyos, para donar dinero a favor de los niños pobres. Yo no era magnate ni artista. Acudí en condición de amigo de Shakira. Sin embargo, no era su amigo. Estaba enamorado de ella, perdidamente enamorado de ella. La miraba embrujado como una mariquita posada sobre una hoja marchita miraría el aleteo grácil de una mariposa monarca. Tantos años después, sigo enamorado de ella. Sigo pensando que es una mariposa dorada, una bella mariposa inmortal, y yo una mariquita que quisiera volar como ella.

He regresado a Panamá para presentarme en la feria del libro. Nadie me ha invitado, yo mismo me ocupé de convidarme. Nadie me espera, salvo Edmundo. No me espera mi hermano Manuel, quien vive en esa ciudad. No lo veo hace años. No recuerdo por qué nos peleamos. Seguramente nos distanciamos por algo indelicado que escribí. Tengo tantos enemigos que no recuerdo por qué me he peleado con todos ellos. Me gustaría ver a Manuel. Se ha casado, ha tenido hijos, es un hombre de éxito, ama a su familia, posee una vasta fortuna. Ha elegido vivir en Panamá por razones tributarias. No tiene que pagar impuestos sobre los ingresos que percibe en el resto del mundo. Al ser un inversionista sagaz en Wall Street, y no ser residente fiscal en los Estados Unidos, todo lo que gana en sus avezadas operaciones bursátiles está exento de impuestos en Panamá.

En la feria del libro me han asignado un salón para seiscientas personas. Tengo pavor de que no vaya nadie, salvo Edmundo. Creo que es un espía. Desde el vuelo a Panamá, le escribo un correo, preguntándole a qué se dedica. Responde sin demora. Es venezolano. Es inversionista individual. Como mi hermano Manuel, tiene un portafolio en Wall Street. No paga impuestos en Panamá sobre aquellas ganancias de capital.

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