Cuando Francia construyó «una sociedad más justa» sobre montañas de cadáveres
Asegura László F.
Földényi (Debrecen, 1952) a ABC que, «desde la Revolución Francesa , cada vez que un poder político ha decidido construir a cualquier precio lo que consideraba una sociedad más justa y redentora, como Stalin, Hitler o Pol Pot, lo ha hecho sobre montañas de cadáveres y mediante métodos industriales de exterminio.
Es como si pensaran: 'Quiero lo mejor para ti, aunque eso te destruya'».
El filólogo, dramaturgo y teórico del arte, uno de los intelectuales más relevantes de Hungría, sitúa el origen de esta contradicción en 1792, cuando Francia instauró la guillotina como método oficial de ejecución, con independencia del rango social del reo. «El racionalismo de la Ilustración que impulsó la Revolución Francesa desató también los impulsos más oscuros e irracionales que pretendía combatir.
Pensemos en el marqués de Sade, que defendía en sus libros, con una racionalidad envidiable, por qué había que dejar vía libre a los instintos más destructivos.
En 1793, numerosas iglesias de París fueron rebautizadas como «templos de la Razón», incluida Notre-Dame.
Sin embargo, mientras se rendía culto a la razón en festivales públicos, las guillotinas funcionaban por todas partes», explica Földényi.
El 9 de octubre de 1789 se introdujo por primera vez la decapitación en los debates de la recién creada Asamblea Nacional.
Uno de sus diputados, el doctor Joseph-Ignace Guillotin, presentó una moción con la propuesta de que un mismo delito se castigara siempre de la misma forma, sin importar si lo cometía un ladrón, un campesino o un rey.
En un aparente gesto de bondad, también propuso que, cuando se tratase de la pena de muerte, se intentaran evitar los tormentos que antes se veían como naturales y que las ejecuciones no degenerasen en rituales despiadados, como ocurrió con el famoso caso de Robert-François Damiens.Según cuenta Földényi –que acaba de publicar en España el ensayo 'La larga sombra de la guillotina' (Galaxia Gutenberg)–, este soldado fue arrestado por intentar asesinar al Rey Luis XV y sometido a todo tipo de torturas.
Eran tan espantosas que incluso el verdugo más célebre de Francia, Charles Henri Sanson, apoyó la idea de eliminarlas.
En vez de plomo ardiente, el estiramiento de las extremidades o el atropello con carruajes, Guillotin recomendó un mecanismo más sencillo que fue construido por un fabricante de pianos parisino, Tobias Schmidt, aunque bautizado como el apellido del diputado.
Aún transcurrieron dos años hasta que, en septiembre de 1791, se aprobó una ley que prohibía la tortura y establecía que, en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, solo se podía decapitar.«Desde nuestra perspectiva actual, la guillotina parece un instrumento de violencia brutal.
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