El logro y el legado del doctor Sánchez
La obsesión psicologista ha impulsado muchos «diagnósticos clínicos» sobre el doctor Sánchez, donde el personaje aparece pintado con rasgos de «psicopatía» o «narcisismo» extremo; a veces, incluso, investido de una llamada «tríada oscura», que agrupa rasgos de carácter como la falta de empatía, el maquiavelismo, la ausencia de remordimientos, el frío cálculo, etcétera.
No negando cierto valor pintoresco a estos «diagnósticos» psicologistas, se nos antojan a la postre un batiburrillo informe de «accidentes» o fenómenos psíquicos que no aciertan a dar con la clave espiritual del personaje (siendo ésta, además, tan palmaria y reconocible).Cuando estrenaba su andadura presidencial , hace ya ocho años, señalábamos a las tres o cuatro lectoras que todavía nos soportan que el doctor Sánchez era, antes que ninguna otra cosa, un resentido.
Aún ignorábamos aspectos sórdidos o criminales de su entorno familiar (del suegro proxeneta al bisabuelo asesino) que hacen más comprensible esta gangrena o supuración venenosa del resentimiento; y tan sólo conocíamos algunos episodios grimosos de su biografía (el pucherazo en las primarias de su partido, el doctorado amañado) recién divulgados por la prensa.
Pero advertíamos ya sobre «el resentimiento de esas personas como el doctor Sánchez, sin virtudes ni méritos de excepción, que han recibido de la vida un trato benévolo que no encuentran personas infinitamente mejor dotadas y, pese a ello, en lugar de mostrarse agradecidas, a duras penas logran esconder su desabrimiento y acritud».
Luego, hemos podido comprobar que, en efecto, el resentimiento es la pasión dominante del doctor Sánchez, el sol negro en torno al cual orbita toda su vida moral; y, tristemente, el gobernante resentido siente la necesidad de infectar con esta pasión innoble a sus gobernados, estimulando en ellos todo tipo de enfrentamientos, hasta convertir su convivencia en un vivero de odios y en un auténtico pandemónium.A esto se ha dedicado durante estos ocho años el doctor Sánchez con denuedo, contando además con un caldo de cultivo inmejorable.
El español (o, dicho más precisamente, cierto tipo de español), al igual que Caín, sufre como una afrenta personal que el esfuerzo ajeno obtenga recompensa; juzga que ese premio le ha sido arrebatado injustamente; y considera que el prójimo es un usurpador que ha venido a desposeerlo.
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