Una granja feroz
Desde que vi el documental aquel, Lo que el pulpo me enseñó, consumo los sabrosos brazos de este cefalópodo con cierto sentimiento de culpa, como si practicara una forma menor de canibalismo.
Antes lo cenaba sin problemas (es pura proteína) porque ignoraba que aquello que calentaba en el microondas poseía una vida interior.
Observen el ojo de este ejemplar.
Mira igual que miramos usted y yo.
Hay algo detrás.
Los pulpos aprenden, recuerdan, resuelven problemas, reconocen situaciones, sienten curiosidad y hasta se ha observado en ellos algo parecido al juego.
Tienen, en fin, una cabeza que funciona, aunque gran parte de su sistema nervioso se encuentre repartido por las patas, lo que debería hacernos reflexionar sobre nuestra manía de concentrarlo todo en el cráneo o en los grandes centros comerciales.
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5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en elpais.com — el contenido pertenece a El País.