El campeón de la libertad
Hay condecoraciones que distinguen una trayectoria y otras que terminan revelando una vida.
La que la República Francesa concedió el pasado 29 de junio a Fernando Arrabal pertenece a esta segunda categoría.
Al imponerle la insignia de Comendador de la Orden de las Artes y las Letras, Francia no se limitó a rendir homenaje a uno de los escritores españoles más universales; reconoció la fidelidad de un creador que, durante más de siete décadas, ha hecho de la independencia intelectual el eje de su obra.
Y no se trata de un matiz.
En un tiempo en que tantas distinciones parecen premiar el éxito inmediato, esta condecoración reconoce algo mucho más difícil de alcanzar: la coherencia de un hombre que nunca aceptó escribir, pensar ni vivir al dictado de su época.
La ceremonia, celebrada en la histórica sede de la Société des Auteurs et Compositeurs Dramatiques (SACD), tuvo la solemnidad de las grandes ocasiones y la emoción contenida de los homenajes verdaderamente necesarios.
Pascal Rogard, su director general, evocó la figura de un creador que ha recorrido el teatro, la novela, la poesía, el cine y la pintura sin dejarse encerrar jamás por una etiqueta; un hombre que convirtió el caos en lenguaje, el absurdo en lucidez y la imaginación en una de las expresiones más altas de la inteligencia.
Mientras lo escuchaba, era inevitable pensar que aquella ceremonia distinguía no solo una obra extraordinaria, sino una manera de entender la cultura como un ejercicio permanente de libertad.
Lo verdaderamente admirable de Arrabal es que nunca aspiró a convertirse en un símbolo.
Los símbolos suelen ser una construcción del tiempo, no una ambición de quienes los encarnan.
Él se limitó a ejercer el derecho a permanecer fiel a su propia voz.
Desde el adolescente que escribió 'Pic-nic' hasta el escritor que hoy, superados los 90 años, continúa publicando, dibujando y sorprendiendo, existe una rara continuidad: la de un creador que jamás aceptó que el arte pudiera someterse a otra disciplina que no fuera la de la conciencia.
No deja de resultar significativo que ese itinerario comenzara bajo el signo de una ausencia.
La detención de su padre, el teniente Fernando Arrabal Ruiz, por mantenerse fiel a la legalidad republicana, su condena a muerte, los años de prisión y su posterior desaparición marcaron para siempre la vida del niño nacido en Melilla en 1932.
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