Ganar el tiempo
He vuelto del verano –el verano son las vacaciones y el mar, el resto es calor– pensando en Anne Carson en aquella alfombra roja:—Señora Carson, ¿cuál es el mejor libro que ha leído publicado este año?—Yo soy de clásicas, la mayoría de los libros que leo se escribieron en el 500 a.
C.
Perdí la noción del tiempo al segundo día de vacaciones, mientras Ulises lloraba al escuchar al aedo del rey de los feacios cantando sus gestas en la guerra de Troya y en la terraza de La Goleta, muy cerca de allí, acababa de quedarse libre el periódico de los crucigramas, que tiene una fecha orientativa, como de reloj solar. —¿Qué día es hoy?—Creo que viernes.—¿Y de qué año?Para desinformarte basta con dejar de leer las noticias y comprobar que el mundo sigue girando: hay que verlo para creerlo, de verdad, yo no pude descansar hasta asegurarme de que el eje de rotación de la Tierra no dependía de mi dieta informativa.
Al poco, ya era yo el que preguntaba al resto por las cosas que sucedían, más por educación que por interés: ¿de qué terremoto hablas?, ¿que se ha incendiado qué?, ¿qué es lo que ha pasado en Ceuta?, por cierto, ¿la capital sigue en Madrid?Liberado del tiempo, terminé de leer en 'La Odisea' de Carlos García Gual en Grecia, en una feliz redundancia, y allí, también, descubrí a Yannis Ritsos, un poeta luminoso que escribía con asombro de niño y nostalgia de viejo, y que era capaz de empezar un libro así: «Nos subimos a las alas de las golondrinas y fuimos a cortar flores en el cielo. / El viento de verano no tiene secretos para nosotros que caminamos descalzos sobre la hierba y hablamos con las cigarras el lenguaje del sol. / El fuego todo se consumió y se convirtió de nuevo en fuego. / Hacemos anillos de flores y nos desposamos con los árboles, con el aire, con el primer silencio».Ritsos tuvo una existencia desgraciada: su madre y su hermano murieron de tuberculosis, su padre y su hermana acabaron en el mismo psiquiátrico, y él pasó por varios campos de concentración por su militancia comunista, primero en 1948 y después durante la dictadura de los coroneles, ya en 1967; antes de estas represiones, el dictador Metaxás mandó quemar sus poemas ante el templo de Zeus Olímpico en Atenas, un castigo que lo consagró como uno de los grandes.
En sus encierros, a Ritsos le gustaba matar el rato pintando piedras.
Algunas se conservan en su casa museo, en Monemvasia, un lugar lleno de mar y viento y belleza, lejos de todo.
Allí hay una foto que debe ser de los años setenta en la que se le ve sonriendo entre su mujer y su hija, que lo abrazan.
Está exultante, como diciendo: os he ganado a todos, he ganado el tiempo.
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