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En el aniversario de Azcona

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En el aniversario de Azcona

De Rafael Azcona aprendimos que comedia y tragedia no son temas opuestos sino tan solo diferentes momentos dentro de la misma conversación.

Si esperamos lo suficiente, cualquier historia humana terminará por suscitar bastante risa, pero también algunas lágrimas.

Quizá el truco de Azcona fuera su capacidad para enfrentarse a ambas situaciones con la misma sensación de provisionalidad, sin tapar una cosa con la otra y, a ser posible, con distancia, frialdad y algo de mala leche.

Nos reímos de 'El verdugo' , uno de sus mejores guiones.

Y está bien.

Pero, en realidad, lo que vemos es a un hombre incapaz de matar a una mosca que termina ejecutando a otro porque necesita un piso en el que vivir.

O sea, una sociedad que no solo obligaba a morir, sino también a matar.

De algún modo recuerda a Pacífico Pérez de 'Las guerras de nuestros antepasados', aquella novela de Delibes en la que un hombre candoroso e inofensivo acababa siendo agresivo de modo gratuito, por culpa de la violencia basal de sus familiares.Pero esa es tan solo la primera lectura de 'El verdugo'; en una segunda capa, aún más terrible, Azcona nos lleva a esa escena final en la que un grupo de guiris se van felices a disfrutar del turismo de Mallorca mientras, tras el decorado de sol y yates, el régimen seguía ejecutando a españoles.

Algo parecido sucede con 'El pisito' , donde nos muestra a un hombre joven casándose con una anciana moribunda tan solo para heredar el alquiler y poder casarse después con su verdadera novia.

Y, sin embargo, Azcona no muestra en ninguno de los casos a personajes maniqueos o esencialmente malvados: parece conocerlos demasiado bien para odiarlos o utilizarlos para que pensemos: «Mirad qué malas personas».

Al contrario, Azcona traslada que todos seríamos capaces de adaptarnos a cualquier indignidad si necesitáramos un techo bajo el que vivir.

Y es posible que esa sea la genialidad de Azcona: aceptar que nuestra esencia es egoísta, cobarde y ridícula, pero no contarlo desde la superioridad moral, sino desde la compasión.

Todo esto se sublima en algunos de sus mejores guiones sobre la guerra, 'Ay, Carmela' o 'La vaquilla', en los que no muestra a unos héroes comprometidos con grandes ideales sino a dos bandos simétricos de hombres desarrapados, hambrientos y humillados, que son víctimas de su tiempo, de su espacio y de una enorme mediocridad.

Algunos podrían tomar nota.El sábado que viene celebramos el centenario de su nacimiento .

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