Ceuta, capital de Europa
Si algo positivo nos puede haber traído la crisis migratoria desencadenada en Ceuta por la llegada descontrolada de personas a través de la frontera natural es permitir que la política española recupere cierto nivel.
Después de meses estancada la legislatura en la bronca y en esa pelea infantil para deslegitimar al contrario, tras tantos meses de cinismo y cero razonamiento, Ceuta obliga a resolver, trabajar y entender.
No cabe duda de que la pasividad y la flojera del Gobierno entorpecieron la reacción.
Como también la tentación de la derecha opositora, arrastrada por su escisión radical, que le llevó a tontear con la violencia y el enfrentamiento para lograr su sueño húmedo de hacer caer al Gobierno antes de la próxima primavera.
Es inteligente que se dieran cuenta de que estaban a punto de provocar una guerra civil entre las dos personalidades que componen la población ceutí y llamaron a la calma.
Estas carencias se sumaron a un problema de por sí irresoluble, pues la emigración es un caso de libro sobre cómo la desigualdad impide, e impedirá siempre, la convivencia pacífica.
Tuvimos que ver incluso a dos ministros de un mismo Gobierno discrepar en público para intentar salvar la cara de sus subordinados.
No parece que los servicios secretos, por más que sea bueno protegerlos, avisaran ni de lejos de la marabunta que sacudió Ceuta los últimos días de julio.
Ni tampoco las fuerzas de seguridad fronteriza, por muy avisadas, hubieran tenido el cuajo de disparar balas de goma contra la gente desesperada que a nado trataba de ganar la playa, como había ocurrido anteriormente para indignidad general.
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