La carrera es entre el PP y Vox
A Felipe González se le tuvo rabia, a Zapatero siempre se le ha tenido un agudo desprecio intelectual, pero el Partido Popular solo ha distinguido con la gran cruz de su aborrecimiento a Pedro Sánchez.
Tal vez no guste, pero tampoco puede extrañar: Sánchez está detrás de los dos sobresaltos existenciales que, de diez años a esta parte, ha sufrido el PP.
El primero fue en 2018, cuando el partido abandonó el poder con las prisas de una evacuación por tsunami.
Abocado a un proceso congresual, sus distintas facciones se iban a sacar los ojos con tal garbo que, al lado del congreso que eligió a Pablo Casado , Hobbes parece una mañana en Eurodisney.
La segunda agonía del PP tuvo lugar en 2023, cuando Narciso Michavila, demóscopo de confianza del centroderecha, apeló a la “pura matemática” para afirmar que Alberto Núñez Feijóo le sacaría cuarenta diputados al PSOE.
Su empresa iba a “clavar” el resultado: “Nos jugamos nuestro prestigio”, declaró.
Los populares no necesitaban mucho más: el vaticinio coincidía con su propia percepción de Sánchez como un molesto paréntesis en la Historia de España, cuyo curso volvería a la normalidad después de, según la expresión entonces célebre, “derogar el sanchismo”.
Al final, los 40 escaños en las encuestas fueron solo 16 en las elecciones: por mucho menos, antes la gente se retiraba un par de legislaturas a una Trapa.
Para lo que importa, tanto en 2018 como en 2023, la derecha coincidió en hacer de menos a Sánchez: han pasado tres años y, las vueltas que da la vida, hoy quizá pequen por hacerle de más.
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