Santa Rosa de Lima, la flor del Virreinato que convirtió una pequeña celda en un santuario y protegió a América con su oración
Cada año, cuando el mes de agosto comienza a despedirse y una tormenta inesperada irrumpe sobre Buenos Aires y otras regiones de América del Sur , vuelve a aparecer un nombre cargado de historia y devoción: Santa Rosa de Lima .
La tradición popular bautizó a ese fenómeno como “la tormenta de Santa Rosa” , asociando los truenos y la lluvia con la santa limeña que hace más de cuatro siglos conquistó el corazón de América.
Sin embargo, la explicación meteorológica es más sencilla que la leyenda.
Esa tormenta suele producirse por la transición entre el invierno y la primavera austral, cuando comienzan a cambiar las masas de aire y se generan condiciones favorables para fuertes precipitaciones.
La coincidencia con la fiesta de Santa Rosa hizo que, con el paso de los siglos, la memoria popular uniera para siempre su nombre con ese fenómeno de la naturaleza .
Pero detrás de esa tormenta existe una mujer extraordinaria.
Una joven nacida en una Lima virreinal que era considerada una de las ciudades más religiosas del mundo hispánico, una ciudad donde las campanas de los conventos marcaban el ritmo de la vida cotidiana y donde las iglesias, monasterios y cofradías ocupaban un lugar central en la sociedad.
Isabel Flores de Oliva nació en Lima el 20 de abril de 1586.
Su padre fue Gaspar Flores, un arcabucero español nacido en Puerto Rico que había llegado al Perú buscando nuevas oportunidades dentro del vasto Imperio español.
Su madre fue María de Oliva y Herrera, una mujer criolla limeña, perteneciente a una familia de cierta consideración social.
El matrimonio tuvo varios hijos e Isabel fue una de las primeras en manifestar una sensibilidad espiritual extraordinaria.
El nombre con el que pasaría a la historia nació de una escena sencilla ocurrida dentro de su propia casa.
La tradición cuenta que una mujer esclava que servía en el hogar familiar, al verla siendo pequeña, quedó sorprendida porque ese día el rostro de la niña estaba radiante y llamó a su madre exclamando: “Mire, señora, ¡sí parece una rosa!” .
María de Oliva, su madre, al escuchar aquellas palabras respondió: “Tienes razón; por tanto, desde hoy te llamaré Rosa ” .
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