El deseo no tiene edad: Silvia Plager desafía los mandatos y rescata el erotismo en la madurez
“El peso de su pierna sobre la mía, me despierta.
Su mano gigante me acaricia. ‘Buen día, princess.
No te quité el vestido porque te dormiste plácidamente.
Te queda hermoso.
Pero más hermosa es tu piel’.
Imagino una playa desierta, los dos, treinta años atrás.
Y suspiro”.
En Sin canje (Hugo Benjamín, 2026) el erotismo no aparece como una provocación sino como una demostración de que estamos vivos, sin importar la edad cronológica.
Entonces, el deseo aparece como una forma de resistencia a la idea de que determinadas experiencias tienen fecha de vencimiento.
Y es ahí donde la novela de Silvia Plager encuentra una de sus preguntas más profundas: ¿qué hacemos con el tiempo que nos queda cuando ya somos mayores? Plager pone la lupa entre lo que deseamos y lo que no está permitido o bien visto.
O no.
Porque: ¿desde cuándo una señora mayor puede enamorarse y andar por ahí gritando su amor a los cuatro vientos? O lo que sería más polémico: que esa misma mujer tenga fantasías o deseo por un hombre mucho más joven.
“Trabajé de camarero hasta que me recibí-aclaró el vikingo-, cuyo nombre se me borró en el instante que escanció el vino en ambas copas y, clavándome el celeste de sus ojos, propuso un brindis por tenerme de vecina. (…) Se había quitado el suéter de lana y la remera negra le ajustaba el torso.
Me maravilla que los jóvenes tengan los músculos tan agarrados a los huesos.” ¡Pero mirá vos! La protagonista, de sesenta y cinco años, descubre que todavía quiere amar, ser mirada, sentirse viva.
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