Batalla cultural vs. necesidades electorales
Varios gobernantes, candidatos, equipos de campaña e incluso algunos consultores, llevan al extremo la idea que concibe a las campañas electorales modernas como verdaderas “batallas” comunicacionales.
Una suerte de fetichización de la faz agonal y conflictiva propia de la naturaleza competitiva de las campañas y un ensalzamiento del enfrentamiento análogo al de una conflagración bélica, que entraña un gravísimo error, en tanto lleva a concentrar los esfuerzos y la atención de la campaña en los rivales y adversarios, atacando y buscando dominar la agenda y la iniciativa, pero perdiendo de vista lo indispensable, que es lo que piensan y sienten los electores-ciudadanos.
En definitiva, más allá de cuanto se ha atacado a los oponentes, y de cómo se auto percibe la performance del gobernante o candidato, serán los electores quiénes decidan a los ganadores y perdedores de la contienda.
Gobernar es comunicar.
Si se hace mal, no hay consenso; y por lo tanto no puede haber buen gobierno.
Por ello, cuando se insinúa que el problema de un gobierno radica en que no se comunican bien los presuntos logros y pretendidos éxitos de un gestión, se incurre en una peligrosa falacia.
En este contexto, el gobierno se desliza, en las vísperas de un complejo año electoral, hacia un discurso y praxis política que, en mayor o menor medida, ha sido adoptado por prácticamente todos sus antecesores en la presidencia desde el retorno a la democracia: la negación o desacople con una realidad tangible, que no se reconoce en cuanto tal.
Dicho de otra forma, al sostener que los problemas no derivan de la realidad, sino de una percepción distorsionada de ella atribuible a las fallas o déficits en la comunicación, se profundiza en la actitud de no reconocer la necesidad de realizar ajustes o revisiones en el programa económico, se insiste en la idea de que la razón acompaña y que acabará por imponerse, que hay que redoblar los esfuerzos para “convencer”, que hay que retomar con fuerza los ejes de la tan mentada “batalla cultural”, que hay que aferrarse al discurso, y que hay que recuperar el protagonismo.
En esta clave es que deberían leerse los renovados y recargados ataques a periodistas, acompañados por una retahíla de agresiones y descalificaciones personales.
Si el problema no es la realidad, la responsabilidad reside en quienes inciden en dichas percepciones.
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